Escribí una carta a los Reyes Magos, otra vez. Les pedí lo mismo, otra vez. No me lo traerán, nunca más.
¿Cuántas veces puede tropezar un ser humano antes de darse cuenta de que la piedra está ahí? ¿Cuántas veces tienen que negarte algo para que te des cuenta de que no va a llegar jamás? ¿Cuánta magia hace falta en este mundo para que tu mayor deseo se haga realidad? Mucha. Muchísima. Interminable. Igual debería buscar a aquellas chicas que se tatuaron "magia" en la muñeca después de visitar Disneyland, pensando que sus vidas podrían ser como las de las princesas de los cuentos de hadas. Cómo nos reímos de aquello, qué poco me río ahora. Como envidio su optimismo e inocencia. A fuego, si hiciera falta, me lo tatuaría ahora.
¿Es posible que los Reyes Magos no me traigan mi regalo porque piensen que no he sido un chico bueno?
He dejado el azúcar, he sido riguroso con mi gimnasio, he cumplido retos impensables años atrás. He estudiado, he trabajado, me he esforzado mucho, afrontando cada dificultad con estoicismo y dedicación. He sido paciente, he intentado ser buen amigo, he mentido por debajo de la media de cualquier ser humano con un mínimo de instinto de supervivencia, he aguantado carros y carretas en cuanto a faltas de respeto, humillación y situaciones injustas. He ido a donde estaban mis amigos y mi familia, en lugar de esperar que ellos vinieran donde estaba yo. He ayudado, he puesto la otra mejilla, he sido empático y me he dejado tomar el pelo. Te he escrito una vez y mil veces más. Te he recordado, te he llevado conmigo en cada momento. ¿Qué debe hacer una persona para merecer algo de cariño y compresión, para ser digno de tan deseado premio?, ¿qué más debo hacer para merecer mi regalo, por mucho que los dioses me lo desaconsejen?
Hoy fui a ver la cabalgata con mi sobrina y su amigo. Está en ese punto incierto donde la magia se confunde con el sentido común y el oportunismo. No eran ojos de emoción, no eran ojos de inocencia, no afrontaban el paso de las carrozas como si los milagros se pudieran desplazar a 5 kilómetros por hora. Estaban ansiosos, sí, pero por los regalos. Por saber qué parte de esa lista interminable de deseos se iban a convertir en realidad. En la carta que escribió me hizo mucha gracia un parágrafo en concreto: pedía, como primer deseo (que igual no el más importante, porque se había encargado de subrayar en fosforito los que tenían PRIORIDAD) que trajeran la Paz para el Mundo. Eso sí, la Paz para el Mundo, pero que a ella, como persona individual que escribía la carta, mejor le trajeran el ordenador portátil (fosforito, fosforito) que había pedido, que es lo más ilusión le hacía.
Somos buenos, pero no inocentes. Aun así merecemos un poquito de felicidad, una felicidad fruto de lo que más buscamos en esta vida: un sentido para la misma.
Sea en forma de portátil, en forma de videoconsola, en forma de camiseta de tu equipo favorito o de viaje al lugar de tus sueños. Incluso en forma de cafetera expresso con artilugio extra para hacer espuma de capuccino. Merecemos poder levantarnos una mañana y ver, frente al árbol, frente a la ventana, en la pantalla de tu móvil, en la puerta de tu casa, aquello que haga que todo tu cuerpo sufra una descarga de felicidad tan brutal que se te salten las lágrimas, que pierdas en control de tus emociones y que, de repente y sin poder contenerlo, en tu mente estallen mil fuegos artificiales a la vez. Que sea un momento tan especial y mágico que te haga darte cuenta de que la vida es el parpadeo más maravilloso e inconmensurable que ningún ser vivo pueda imaginar.
Hoy, el niño pequeño que vive en mí, ha vuelto a tirar la carta. Vuelve a alargar la noche para irse a dormir tan tarde como pueda y así no dar vueltas en la cama por los nervios, esperando que, como último milagro de la Navidad, sus deseos finalmente se cumplan. Sueña despierto con una noche donde todo sea posible, donde no todas las cosas tengan una explicación, donde hasta los adultos puedan estar equivocados. No hay que perder la fe, no hay que perder la fe. Sigue pensando que hay que creer con todas las fuerzas, y no parar de luchar: va, un poquito más. Yo sé que mi regalo no llegará mañana, como no llegó en ninguna mañana de los últimos años. Lo sé porque esta noche estiré la mano para que cogiera mis ilusiones envueltas en palabras, pero pasó de largo como una colometa que vuela ajena a la llamada, distraída y absorta en la radiante y distante Plaça del Diamant.
Seguiré cerrando los ojos muy fuerte, hasta que las hostias me hagan despertar. Mientras tanto, ¿seguro que no molesto? Claro que me puedes ayudar... solo te tienes que...