...se puede hacer realidad.
Al final resultó que el video que me encontré aquella mañana, de forma tan aleatoria y casual, no significaba lo que parecía a primera vista.
El chico de capucha no era el enfermo, era yo. La Parca no venía a llevarse al chico, sino al lobo. El lobo no defendía al chico, sino que lo quería para si mismo, con la cabeza gacha y sumiso, esclavo de su miedo y su ira. Resultó que la Parca quería liberar al pobre muchacho de las garras de la injusticia y de su propio amor por alguien que le estaba haciendo daño, pero fracasó.
Me he dado cuenta que mi vida es un poco así. Estoy a merced de personas que no me quieren y que me hacen daño, de las que no puedo huir porque sufro una especie de Síndrome de Estocolmo. No sé querer a las personas correctas. No puedo aceptar que, por mucho que yo dé mi vida por ellas, ellas no quieran darla por mí.
Creo que simplemente les gusta tener el control de mis sentimientos. Saben cómo manipularme, cómo mantenerme, qué darme a cada momento para que nunca rompa los lazos de un amor que es solo unidireccional. Yo he provocado eso, me he dejado llevar por la aceptación y el amor de personas que dando lo justo, consiguen que nunca pueda soltarles la mano.
Me siento como ese perro abandonado, huerfano del calor que tuvo antaño, que siempre vuelve al hogar en el que un día alguien lo llamó buen chico. Y ese es el problema, que con muy poco yo me siento agradecido y soy capaz de volver una y otra vez por fidelidad a ese amor pasajero que sintieron un día por mí.
Es doloroso saber que soy tan dependiente, que soy tan devoto de quien una vez me dió de comer y me hizo sentir querido, y que ahora, una vez abandonado y apaleado, sea capaz de volver arrastrándose a la puerta de sus casas por un puñado de sobras y dos palabras zalameras, desprovistas de cariño y de verdad.
Han sido unas semanas muy largas, de muchas emociones encontradas y mucho sufrimiento. Y ahora, tras el huracán, tras ese momento de shock donde no duele ni pesa nada, todo me cae de golpe. Ahora necesito todo ese amor que ha dado yo estos días, todas esas palabras esperanzadoras y ánimos con lo que he cubierto a todos los que tenían miedo o se sentían perdidos. Y no las encuentro.
Es muy duro darte cuenta que, en el momento donde tu vida está a punto de cambiar de una forma tan radical y donde nada puede volver a ser igual, mi única preocupación fuera decirle que sentía mucho no haber estado por ella, y que mis pensamientos y mis ganas volvieran al lugar donde no se me quiere, no se me recuerda y no se me desea.
¿Por qué se cumplen todos los deseos menos el único que quiero con más fuerzas?
Igual porque algunos deseos no son lo que parecen y ya se sabe, cuidado con lo que deseas porque...