Es el final de una era, de la mejor y más intensa parte de mi vida. También el final de la más triste y la más dolorosa. La vida es ambigüedad, dualidad; nadie es inmensamente feliz sin ser terriblemente desgraciado en algún momento.
Objetivamente no cambia nada, solo es una vuelta más en la insignificante existencia de un ser entre muchos otros. Pero metafóricamente es una despedida emocional de muchos sueños, anhelos y deseos incumplidos que se quedaron por el camino no sin antes desgarrar las últimas esperanzas que quedaban.
Estoy vivo, me siento bien. Mientras me muevo no pienso, mientras camino recto no veo, mientras me pierdo en banalidades no recuerdo, no recuerdo que no soy feliz. Tendré que aprender a vivir con ello.
Dejo atrás muchas cosas. Físicamente una exhuberancia que no tuve pero sí sentía dentro de mí al mirarme al espejo. Emocionalmente el sentimiento de que estuve muy cerca de tenerlo todo y se esfumó tal y como llegó. Hoy, en perspectiva, me doy cuenta que solo fue el capricho de una dama con promesas que no tenía intención de cumplir.
Estar solo me ha permitido saber que lo que quiero es justo el deseo de no estarlo: quedarme solo o estar solo rodeado de gente. No se si aprenderé a vivir con lo que me dicta los tiempos, o si mi inmaduro ser será capaz de no escuchar a esa voz que me dice que he caminado demasiado lejos como para que ahora sea posible volver atrás.
Estoy aprendiendo a ir por la vida sin cabeza, a que no pensar, no sentir, no aspirar, que es la perfecta medicina para que los soñadores atemporales no fantaseemos con tesoros escondidos si somos capaces de aguantar un poquito más.
Este inicio de año ha sido extraño, diferente a la rutina que ha marcado el resto de mi existencia. Dicen que con los anuncios no se aprende, pero gracias a ellos he descubierto que sufro el síndrome de la jaula. Psicológicamente me he sentido atrapado en una situación aparentemente ideal, asumiendo que mi felicidad o infelicidad era algo normal, y por ello siempre he temido salir de ella. Soy un pájaro atrapado en una vida idealizada y vulgar, pero segura. Han sido cinco meses de un carrusel de emociones encontradas, de buenos y malos momentos, que me han hecho darme cuenta de una cosa: que soy una personal gris que tiene miedo ser feliz de otra manera y que es demasiado tarde para que pueda cambiar esa forma de pensar.
Acaba una era y debo soltar lastre. Te voy a dejar atrás porque no puedo vivir de recuerdos que no existen ya, de un cariño que solo fue efímero y casual resultado de caprichosos rayos de sol y lluvia pasajera, de una espera que se ha hecho insoportable y esteril, y que ya no me puedo permitir.
Mañana será un nuevo día. Hoy es un nuevo día. Cuando no estemos será un nuevo día. Yo seré el viejo Al pero mañana, mañana, nadie me quita que mañana vuelva a desear un nuevo mañana como el de antes.