martes, 5 de febrero de 2013

Capítulo 128: Cerrar la puerta


Hay gente que no sabe cerrar puertas. Hay gente que nace con esa maldición.

Cuando el presente pesa como una losa y el futuro se difumina y emborrona tu mirada, muchas veces es inevitable echar un vistazo atrás y buscar en el pasado un resquicio de felicidad. O la oportunidad de volver a serlo. 

A veces se comete ese error e invertimos en quimeras, porque como decían Le Luthiers, "cualquier tiempo pasado simplemente fue anterior".

Es una auténtica condena vivir con esa necesidad y se convierte en un suplicio cuando la memoria entra en la ecuación. La necesidad de esos momentos de felicidad pasada se basan en el hambre de felicidad presente y en la incapacidad absoluta de creer en lo que queda por venir. Es la miopía del alma. 

El sentimiento de incapacidad de cerrar puertas es algo que arraiga en la mente, echa raíces y se alimenta de los resquicios de recuerdos perdidos en algún lugar de tu cerebro. Se nutre de la memoria selectiva y te somete enaltecido por todo sentimiento de envidia y egoísmo que pueda encontrar. Es como el muérdago, una mala hierba que parasita tu ser y pende sobre tu cabeza, intentando robar todos esos besos que no has dado o que quizás ya ni siquiera merezcas.

No sé por qué me cuesta tanto cerrar las puertas que ya no están hechas para mí, no sé porque sigo observando como siguen allí, aparentemente intactas ante mis ojos, sin recordar muy bien a dónde me podían llevar. A veces me planteo qué sentiría al cerrarlas definitivamente y si soy capaz ello, si mi verdadero yo cree que puedo hacer como Sully y romper en mil pedazos las puertas de mis Boo's personales, si flaquearía como él, ya que de cada puerta conservo una astilla clavada a forma de espina en el corazón que me impide renunciar a ellas conscientemente.

Otras veces pienso que cerrar esas puertas me haría sentirme perdido, porque a pesar de poder valorar esto desde dos perspectivas distintas, ambas me aterran: cerrar la puerta y quedarme en la calle desamparado, o cerrar la puerta y quedarme dentro, encerrado con mi propia soledad.

Por ello envidio a todas esas personas que no miran hacia atrás, que no conceden segundas oportunidades, que aun pudiéndose equivocar, cambian la llave de su cerradura y te dejan con la vana creencia que posees todavía el acceso cuando ya no eres más que un extraño, que son capaces de quemar hasta el último recuerdo y siguen adelante sin sentir el mínimo resquicio de mala conciencia por su decisión. Las envidio y las odio a la vez porque yo no he sabido hacerlo y su indiferencia todavía me hace sangrar. 

Quizás esto se aprenda a base de constiparse en una casa donde demasiadas puertas abiertas solo generan una corriente mal sana de aire frío y que atrae a los ladrones emocionales que solo buscan robarte cinco minutos de tu tiempo para decorar sus propios egos. 

Sea como sea, esto saca lo peor de mí, vivo en un mundo sin ventanas y a veces siento la necesidad de que todo el mundo requiera mi presencia, ser lo más importante, ser el único, gustar a todos, y que todos me recuerden como si no me hubiera ido. 

El problema es que el pasado solo puede ofrecer una realidad desactualizada de lo que esperamos hoy. Ya no serán aquellas personas que adorábamos y que nuestro recuerdo pulió, aquel amor habrá sido reciclado para fabricar otros amores, ya no será aquel momento especial que lo hacía todo mágico y diferente. 

Quizás sea cuestión de madurez, que todos cambiamos y en el mejor de los casos, evolucionamos, quizás sea cuestión del temor que tenemos a haber hecho algo mal o perder un tren y que no vaya a volver, o simplemente el no querer admitir que el presente no es tan feliz como debería como para prescindir de nuestro pasado.

Sea como sea, tengo devoción por lo que hecho y por con quién lo he compartido. A día de hoy no borraría a nadie de mi historia, porque como me decía una buena amiga "Alberto, eres muy vehemente con todo lo que dices, haces y quieres" y sí, lo soy, soy un apasionado y vivo por impulsos. Cada gramo de mi pasado lo adoro y añoro con locura, y aunque eso me quite los pies del suelo, tú, si alguna vez te dije que te quise, alguna vez te dije que no te olvidaría o alguna vez viste brillo en mis ojos al disfrutar haciendo algo juntos, todo eso sigue ahí, al otro lado de la puerta. 

Sí Clementine, yo no quiero borrar, no sé borrar, eternal sunshine of the spotless mind.




Frase del día: "No lo soporto" (Misa Amane y Light Yagami)
-Su unión, su mala leche, su restregar su victoria, eso me hace más fuerte, aprender a que cuando alguien intenta sacarte de quicio, la templanza es tu mejor arma, el martirio una forma de hacerte más fuerte y hacerte crecer, ponerte a prueba. Pero diossss.... como cuesta.

4 comentarios:

  1. Qué fué cierto y que no, siempre me preguntare eso, quizás nunca existió la casa , quizás nunca entramos realmente en ella. y por eso no somos capaces de cerrar del todo la puerta :)

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  2. se cierra una puerta y se abre una ventana, siempre, aunque sea ventanuco pero se abre...te lo digo yo :-)

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  3. Soul, por una ventana no caben mi ganas, por no decir que ni me cabe la cabeza. Las ventanas son para mirar, y yo prefiero entrar en los sitios.

    Y anónimo, quiero saber quién eres, dame ese capricho, y sabré si era un hogar o solo un refugio.

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  4. pues soy una personita loca que cuando cierra una puerta es para abrir un ventanal ....nunca cierro las puertas , tengo claustrofobia :)

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