martes, 26 de junio de 2012

Capítulo 111: Un cuento de verano

Érase que se era, que de ser no fue, un lobo con piel de cordero, famélico y perdido, que deambulaba por el bosque. Cuando todo parecía perdido, apareció, de la nada, un tierno corderito que se le acercó y le dijo hola con ojos entusiastas. El lobo, hambriento pero sorprendido, tuvo un momento de flaqueza y le dijo al cordero que volviera con los suyos, que era peligroso separarse de la seguridad del rebaño. El corderito, lejos de huir, siguió allí, insistiendo, que la suya era la mejor de las compañías. El lobo, descolocado, le preguntó al cordero -"¿Por qué renuncias a estar con el resto de ovejas y corderos?". Este respondió que le parecían aburridos y superficiales, que balar y pacer no era la ambición de su vida. El lobo, todavía sorprendido por la respuesta, miró al cordero y le dijo sin más -"Está bien, puedes venir conmigo, pero esto es muy peligroso, nunca se sabe que puede suceder. El instinto animal de cada especie puede aparecer en el momento menos esperado". El cordero asintió y le siguió.

Con el paso del tiempo, el lobo descubrió lo maravilloso de la esencia de ese ser, y entendió por qué no quería pasar el resto de su vida entre otros corderos. El lobo, acostumbrado a vivir en manada y junto a los de su clase, empezó a renunciar a su naturaleza y tomó al cordero como si fuera parte de sí mismo, de su existencia. Le enseño todo lo que sabía, compartió noches frías a su lado, corrió por los campos como si no hubiera mañana y subieron y bajaron juntos montañas que hubieran dado vértigo al más pintado. Descubrió que ese cordero era diferente, descubrió que con fe y resolución, lo más inimaginable puede convertirse en tu media mitad.

Pero pasó el tiempo y sintió que el cordero ya no se sentía tan ilusionado como al principio. El miedo por la naturaleza de ambos y sus circunstancias hacían de la historia un juego muy peligroso. Los pastores podrían reclamar al cordero, el lobo podría ser cazador por robar parte del rebaño, porque, aunque no se lo hubiera comido, el lobo siempre es culpable de todo. Así que sin más explicaciones, el cordero se fue.

El lobo, todavía famélico, empezó a sentir que no era tan solo su estomago lo que reclamaba alimento, si no también su corazón. Intentó buscar de nuevo el calor de su manada pero ya nada era igual. Deambuló por los bosques, se arrastró por aquellas montañas que una vez subió en compañía y se abandonó a su suerte.

Hasta que un día, sin más, volvió de nuevo el cordero. El lobo no pidió explicaciones, se conformó con su vuelta. Renacido, acogió bajo su protección al tierno ser, y lo hizo sangre de su sangre. No lo haría daño, no le fallaría jamás, por mucho que sus naturalezas estuvieran separadas por una distancia insalvable. Descubrió que, en determinados momentos de la vida, vale la pena dejar de ser lobo para ser más cordero. Ambos se hicieron inseparables, sin temores, sin complejos. Fueron la luz del bosque, aprendieron el uno del otro, encontraron el equilibrio entre el quiero y el puedo.

Y sin darse cuenta, el lobo se convirtió en cordero y el cordero en lobo.

Cuenta la historia que ese cordero, cuando terminó de aprender lo que buscaba, volvió a su rebaño y reinó sin que ninguna oveja le hiciera sombra. Su sabiduría, belleza y frialdad convirtieron al cordero en el ser más deseado y poderoso que se recuerda.

Cuenta también la historia que, el lobo, abandonado y con el corazón roto, todavía aulla por las noches esperando que, su llamada desesperada, reblandezca el corazón de piedra de aquel cordero, que, con piel de lobo, mató a la bestia por dentro.

Moraleja: No hay, no es más que simple un cuento.


Frase del día: "Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuhhhhhh" (Al)
-Para quien hoy quiera uno.

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