viernes, 20 de abril de 2012

Capítulo 97: Un escándalo en Belgravia

Todos tenemos el recuerdo de nuestro primer libro, aquel que leímos y nos hizo sentir, por primera vez, auténticos lectores. Por fin dejabamos atrás relatos descafeinados, cuentos con más ilustraciones que letra o historias edulcoradas que no nos hacían pensar mucho en por qué las viejas acababan en calderos mágicos o qué culpa tenían las perdices de la felicidad ajena.

Mi primer libro fue "La Isla del Tesoro" de Robert Louis Stevenson. Un libro en el que conocí a John Silver el Largo, ese primer personaje granuja y malandrín pero con mucho encanto,que nos hace reflexionar que, entre lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, hay toda una gama de grises que pueden definir la idiosincrasia a una persona. Entonces empiezas a descubrir libros que siempre estuvieron ahí y lo primero que haces es, de forma infantiloide, mirar el número de páginas que tiene. Cuanto más gordos, mayor es el reto. Te sientes adulto. 200 páginas, ¡qué barbaridad!.

Y así, saltando de lecturas obligatorias del colegio a libros para adolescentes donde te metías en la piel de jovenes intrépidos que intentaban descubrir misterios francamente poco misteriosos, cayeron en mis manos las obras completas de Sherlock Holmes, de un tal Sir Arthur Conan Doyle. "Otro investigador con imán para los casos rocambolescos, genial...pffff", me dije. Eso sí, tres volúmenes de casi 1800 páginas en total  por leer, eso puntuaba triple en el camino a la madurez.

Total, que como los veranos de un chico tímido suelen ser muy largos, me tome la lectura de los tres tomos con mucha filósofía y varias jarras de Tang Limón bien fresquito.Y caí ensimismado.

Pasaron las hojas, los capítulos, los libros y ni me enteré. Mi mente quedó totalmente influenciada por la magia de un personaje realmente inteligente, tan ecléctico, tan lleno de matices, vicios y virtudes. Intenté hacer mío su don de la observación, su capacidad de razonar y deducir, de leer la realidad con tan solo un vistazo, el no renunciar nunca a la posibilidad de saber de todo un poco por lo que pudiera ocurrir.

Esos libros, de segunda mano y que me quisieron regalar y rechacé por ser un regalo sumamente valioso, me sirvieron como punto de partida para desarrollar mi insufrible curiosidad por las mil y una chorradas que se cruzaban diariamente en mi camino y para tener claro que el cerebro es una biblioteca con un espacio finito que no tiene las paredes de goma, con lo que hay que saber qué recordar y qué olvidar.

Y hace poco, naufragando por el insondable mundo de la TDT, me topé de bruces con una serie de la BBC llamada "Sherlock". Era bastante escéptico respeto al resultado porque había oído que era una versión moderna de un Sherlock Holmes con móvil en un Londres actual, y claro, tras las apestosas películas sobre su figura, perpetradas sin rigor y con nocturnidad y alevosía, estaba para pocas gaitas.

Pero no, albricias, la serie ha resultado ser un maremagnum de gratas sorpresas, guiños a los fans y actualizaciones/reconversiones magistrales de sus personajes. Un Mycroft clave, estirado y frío, un Watson paciente y sensato, un Moriarty que se ríe de nosotros al ver nuestra reacción al descubrirse, todo sublime. Y sin tiempo para salir de mi asombro, llegó el momento álgido con el episodio "Un escándalo en Belgravia". Lo he visto seis veces, en inglés, catalán y castellano, y gana enteros según lo reviso una y otra vez. Una versión incluso mejor que el relato original, "Un escándalo en Bohemía", donde aparece Irene Adler, THE WOMAN (con mayusculas), convertida en una dominatrix maquiavélica a la que más de uno nos gustaría sufrir y que embota los sentidos.

Una trama ágil que no da tregua, giros y contragiros de guión constantes, diálogos ocurrentes, personajes hieráticos que chocan entre sí una y otra vez. Un capítulo que bien podría ser una película y que te deja boquiabierto, con el alma en vilo until the last hush... ¡Uoh!

De mi viejo Sherlock, ese personaje que en mi cabeza era un hombre seco y puro nervio, con un ligero olor a naftalina y tabaco de mascar, nariz aguileña, ojos hundidos pero vivos, consumido por el dolor y la morfina, con voz suave aunque firme e imperativa, y paso a una versión más arrogante del mismo, mucho más joven y vivaz, diligente, obsesivo y neurótico, lleno de flaquezas, insensible en el trato social, seductor sin proponérselo y muy gestual y expresivo cosa que lo humaniza y potencia su vertiente más cómica. Se redibuja ante mí una versión inesperada del detective (asesor) pero digna de mis más altas espectativas.

Dicen que en sus manos se ve el reflejo de las mías y con ello siento aún más cercanía hacia su figura, cosa que me hace vivir este reencuentro con más intensidad. Pero a su vez no logro reprimir una cierta añoranza de la inocencia de ese crío que fuí y que abría por primera vez aquel libro para perderse en la magía de unos personajes que le hicieron disfrutar por primera vez de la lectura con algo tan inesperado como es un Estudio en Escarlata.


Frase del día: "Un mes de mayo lleno de misterios" (Alocked)
-El look del blog este mes está dedicado Sherlock Holmes, a los enigmas, a la atracción irracional y todos los que estamos bloqueados. Tal vez alguien tenga la clave. ¿Let's play? Tienes un intento.


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